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Síntesis histórica de la Sección Préstamo a Domicilio de la Biblioteca Nacional. 140 años de circulación pública del libro y acceso a la lectura

Síntesis histórica de la Sección Préstamo a Domicilio de la Biblioteca Nacional. 140 años de circulación pública del libro y acceso a la lectura

Publicado el 10/09/2026
Acceso a la lectura
Por Antonio Guerrero G.

Una misión pública: acercar los libros a la ciudadanía

 

La historia de la Sección Préstamo a Domicilio de la Biblioteca Nacional debe comprenderse dentro de la misión pública que dio origen a la institución. Desde sus primeros años, la Biblioteca fue concebida no solo como un lugar destinado a reunir libros, sino como una herramienta de instrucción, cultura y formación ciudadana. Al recordar los orígenes de la Biblioteca Nacional, Ricardo Donoso citaba la proclama de 1813, en la cual se señalaba que “el primer paso que dan los pueblos para ser sabios es proporcionarse grandes Bibliotecas”. En ese mismo llamado se apelaba a la colaboración de los ciudadanos, afirmando que “todo libro será un don precioso, porque todos son útiles”. (El Mercurio, 18 de septiembre de 1936). 

Esta referencia inicial permite situar el sentido histórico del Préstamo a Domicilio. Si la Biblioteca Nacional nació como una institución de utilidad pública, destinada a la ilustración del país, la creación de un servicio que permitiera sacar los libros del edificio y llevarlos al hogar de los lectores fue una prolongación natural de esa misión. La lectura a domicilio representó, en este sentido, un paso decisivo: no bastaba conservar libros ni ponerlos a disposición en una sala; era necesario hacerlos circular y acercarlos a una población cada vez más amplia.

Un antecedente fundamental aparece en la prensa del Centenario de la Biblioteca Nacional. En una nota publicada en 1913, al revisar la historia de la institución y la labor de sus directores, se señalaba que, bajo la administración de Luis Montt, nombrado director en 1886, “se creó la lectura a domicilio y la apertura nocturna de los salones, en obsequio a la clase obrera”. (El Mercurio, 19 de agosto de 1913).

La frase es especialmente importante para comprender el origen social del servicio. La lectura a domicilio no surgió como una comodidad secundaria, sino como parte de una política de ampliación del acceso a la Biblioteca. Junto con la apertura nocturna de los salones, apuntaba a favorecer a sectores que, por razones de trabajo, distancia o recursos, no podían asistir fácilmente durante el horario habitual. De ahí que el actual aniversario de la Sección Préstamo a Domicilio remita no solo a la historia de un servicio bibliotecario, sino también a una preocupación temprana por democratizar el acceso al libro.

 

Los primeros registros de un servicio en expansión

 

Las primeras cifras disponibles permiten observar que, a comienzos del siglo XX, la Sección Lectura a Domicilio ya funcionaba de manera regular. Una breve nota estadística informaba el movimiento de la Biblioteca Nacional durante 1902:

SALÓN DE LECTURA
Lectores: 24.855
Número de obras consultadas: 20.066
Término medio diario de lectores: 66

LECTURA A DOMICILIO
Personas que han solicitado libros: 6.826
Término medio diario: 25”. (El Diario Ilustrado, 7 de febrero de 1903). 

 

El dato demuestra que la lectura a domicilio tenía ya una presencia efectiva dentro del movimiento general de la Biblioteca. Aunque el Salón de Lectura concentraba un número mayor de usuarios, el préstamo hacia el hogar alcanzaba una cifra considerable: 6.826 personas en un año. La Biblioteca, por tanto, no era únicamente un espacio de consulta presencial, sino también un centro de circulación de libros hacia la vida cotidiana de sus lectores.

 

Organización, catálogos y diversidad de lecturas

 

La modernización del servicio aparece con claridad en la comunicación enviada por Carlos Silva Cruz al Ministerio de Instrucción Pública en 1910. En ella, el director informaba diversas mejoras introducidas en la Biblioteca: ordenamiento de libros, aumento de estanterías, impulso a la encuadernación, creación de un sistema de tarjetas móviles, registro de solicitudes del público y preparación de catálogos. Dentro de ese programa se mencionaba expresamente la Sección Lectura a Domicilio:

“Concluyen de revisarse los originales del nuevo catálogo de la Sección Lectura a Domicilio, que pronto se dará a la imprenta en forma mucho más completa que los anteriores”. (El Mercurio, 2 de noviembre de 1910). 

Esta fuente muestra que el préstamo a domicilio dependía de una organización técnica compleja. Para prestar libros no bastaba disponer de colecciones: era necesario catalogarlas, ordenarlas, encuadernarlas, conocer las solicitudes del público y contar con personal capaz de administrar el servicio. En ese sentido, la Sección Lectura a Domicilio formaba parte del proceso de modernización de la Biblioteca Nacional, en un momento en que la institución buscaba mejorar sus servicios y responder con mayor eficacia a las necesidades de la cultura pública.

Al año siguiente, la prensa entregó una estadística mensual que permite conocer los intereses de los lectores. En abril de 1911, la Sección Lectura a Domicilio registró:

Lectura a domicilio

El siguiente es el movimiento habido en el mes de abril último en la sección “Lecturas a domicilio”:

Materias de las obras

Su núm.

Artes e industrias

10

Bellas artes, crítica e historia literaria

2

Ciencias físicas y matemáticas

13

Ciencias médicas

30

Ciencias naturales

7

Derecho, legislación, jurisprudencia, administración, política, diplomacia y economía política

20

Educación

18

Enciclopedias, revistas y bibliografía

5

Filología y lingüística 

4

Filosofía, moral y religión

31

Geografía, viajes y estadísticas

42

Historia y biografía

83

Novelas, cuentos, teatro, poesías y artículos literarios

330

Poligrafía o miscelánea

8

 

 

Total

612

 

Esta información permite comprender la diversidad del servicio. La Sección no atendía solo necesidades escolares o académicas, sino también formas de lectura recreativa, literaria, profesional y cultural. La alta presencia de novelas, cuentos, teatro y poesía muestra que el préstamo a domicilio contribuía también al placer de leer, al entretenimiento y a la formación de hábitos lectores en el espacio doméstico.

 

El préstamo basado en la confianza y la responsabilidad del lector

 

Uno de los momentos más significativos de esta historia se produjo en 1913, cuando se discutió la posibilidad de prestar libros sin exigir dinero en garantía. Según informó la prensa, la Biblioteca Nacional buscaba establecer el servicio de lectura a domicilio “en forma efectiva”, sin dejar dinero en prenda por los libros retirados, exigiendo al lector únicamente su firma y la promesa de devolver la obra dentro de un plazo determinado. La iniciativa fue favorecida por el diplomático e intelectual Tancredo Pinochet, quien donó ejemplares de sus obras para que fueran prestadas gratuitamente, asumiendo el riesgo de eventuales pérdidas. Los libros llevarían una leyenda muy expresiva:

“Este libro se presta gratuitamente a domicilio —sin dejar dinero en prenda— y se confía en que el lector que lo retira lo devolverá dentro del plazo estipulado, haciendo honor a su palabra y a su firma, como ocurre en todos los países civilizados”. (El Mercurio, 5 de marzo de 1913). 

La importancia de esta fuente está en que instala la confianza como principio del servicio. El préstamo a domicilio no solo suponía una operación bibliotecaria, sino también una relación moral y cívica entre la Biblioteca y el lector. Al reemplazar la garantía en dinero por la firma y la palabra, se buscaba educar en la responsabilidad y ampliar el acceso a quienes no podían dejar una suma como prenda.

 

La Biblioteca como espacio de educación ciudadana

 

Pocos meses después, el propio Tancredo Pinochet profundizó esta crítica en el contexto del Centenario de la Biblioteca Nacional. A su juicio, exigir el valor del libro como garantía era una disposición “arcaica y oprobiosa”, porque impedía que gran parte de la población accediera al servicio. En su argumento, la Biblioteca no debía partir de la sospecha, sino contribuir a educar al lector:

“La biblioteca no está sólo para enseñar; le corresponde asimismo educar. La biblioteca es un plantel de educación nacional”.  (El Mercurio, 2 de julio de 1913, p. 3). 

El planteamiento es central para la historia de la Sección Préstamo a Domicilio. Pinochet entendía que prestar libros era también formar ciudadanos responsables. Si la Biblioteca exigía una garantía elevada, separaba de sus puertas a quienes más necesitaban del servicio. En cambio, si confiaba en el lector, contribuía a crear hábitos de cuidado, devolución y respeto por el bien público.

Al día siguiente, Pinochet insistió en otro aspecto clave: los libros no debían permanecer inmóviles en los anaqueles. Debían circular, salir, visitar hogares, llegar a los lectores. Su imagen era muy clara: 

“Es necesario que los libros aprendan a sentirse inquietos, sofocados en sus estrechas prisiones, y que ansíen salir”. (El Mercurio, 3 de julio de 1913, p. 5). 

Agregaba que en otros países las bibliotecas hacían propaganda de la lectura, ofrecían libros a domicilio y enviaban sus servicios hacia la población. 

Esta fuente permite formular una idea interpretativa muy potente: el Préstamo a Domicilio transformaba al libro en un objeto de circulación social. La Biblioteca no debía limitarse a esperar al lector, sino crear lectores, estimular el deseo de leer y sacar los libros de su encierro institucional.

 

Las sucursales: llevar la Biblioteca hacia los lectores

 

En este mismo sentido deben entenderse las sucursales. Conviene tratarlas no como una historia separada, sino como una extensión del sistema de Préstamo a Domicilio. En 1915, Carlos Silva Cruz explicó que la expansión de Santiago hacía difícil que muchos habitantes llegaran hasta la Biblioteca Central. También señalaba que los trabajadores y obreros acudían en escaso número, pese a que la institución tenía sus puertas abiertas a todos. Frente a ello, formuló una idea decisiva:

“La única manera de remediar este mal y de ampliar la esfera de acción de la Biblioteca es hacer que ésta vaya a buscar al lector, en lugar de esperar que el lector venga a buscarla a ella”. (El Mercurio, 15 de febrero de 1915). 

La misma fuente explicaba que, durante el año anterior, la Biblioteca Nacional había establecido catorce sucursales en Escuelas Normales, liceos, cuarteles y sociedades obreras. La Sección Lectura a Domicilio de la Biblioteca Central enviaba diariamente los libros solicitados en esas sucursales, evitando así que los lectores tuvieran que desplazarse al centro de la ciudad. (El Mercurio, 15 de febrero de 1915). 

Visto de esta manera, el sistema de sucursales no desvía la atención del Préstamo a Domicilio; al contrario, ayuda a comprender cómo funcionaba históricamente. La sección actuaba como centro de distribución y circulación, y las sucursales ampliaban su radio de acción hacia barrios, instituciones educativas, espacios militares y organizaciones obreras. El objetivo era el mismo: que el libro llegara a quienes no podían acudir fácilmente a la Biblioteca Central.

 

La Lectura a Domicilio en el proyecto de una Biblioteca moderna

 

La importancia institucional de la Sección Lectura a Domicilio también se advierte en los proyectos del nuevo edificio de la Biblioteca Nacional. En 1914, al informar sobre la futura sede, Carlos Silva Cruz señalaba que se facilitaría la lectura a domicilio y que se establecerían sucursales en diversos barrios para ahorrar al público el viaje a la Biblioteca Central. (Las Últimas Noticias, 15 de enero de 1914, p. 8). Luego, en 1916, al describirse el edificio proyectado en la Alameda, se indicaba que el primer piso del edificio principal contendría el vestíbulo, las oficinas de Dirección, secretaría, administración y la Sección Lectura a Domicilio. (El Mercurio, 18 de septiembre de 1916, p. 14).

Este dato es relevante porque muestra que la sección no era un servicio marginal. Su presencia en el programa arquitectónico del nuevo edificio confirma que el préstamo a domicilio formaba parte de la Biblioteca moderna que se quería construir: una institución organizada, con salas especializadas, catálogos, espacios de distribución y servicios orientados al público.

 

 

 

Custodia, cuidado y probidad bibliográfica

 

Una fuente menor, pero muy expresiva, permite observar otra dimensión del servicio: la ética del cuidado bibliográfico. En 1920, El Diario Ilustrado publicó una nota titulada “Honradez y frescura”, en la que se reproducía una comunicación enviada por el jefe de la Sección Lectura a Domicilio. En ella se informaba que, entre una partida de libros obsequiados a la sección, había aparecido un ejemplar con el sello de El Diario Ilustrado: Educación contemporánea, de Enrique Molina. El funcionario ofrecía devolverlo si era útil para la biblioteca del diario. (El Diario Ilustrado, 19 de julio de 1920). 

El episodio, aunque breve, resulta significativo, pues permite observar que la Lectura a Domicilio no dependía únicamente de la confianza depositada en los lectores, sino también de la responsabilidad institucional frente a los libros puestos en circulación. La sección debía prestar, recibir, revisar y resguardar las obras, además de restituir aquellas cuya procedencia podía ser identificada. De este modo, el servicio no solo hacía posible la circulación de los libros, sino que se sustentaba también en una cultura de cuidado, custodia y probidad bibliográfica.

Hacia la década de 1930, la Sección Lectura a Domicilio continuaba siendo presentada como una alternativa concreta para ampliar el acceso al libro y acercar la lectura a los hogares. En 1936, Juan Barros sostenía que bastaba una:

“pequeña y buena disposición del ánimo”

para poder leer en casa cuanto se escribía:

“aquí y afuera”.

A partir de esta idea, invitaba a los lectores a acudir a la Sección Lectura a Domicilio de la Biblioteca Nacional y desarrollaba una comparación especialmente sugerente. Así como las plazas y los jardines proporcionaban sol a quienes no disponían de él en sus viviendas, la Biblioteca ofrecía gratuitamente libros y lectura a quienes no contaban con los recursos necesarios para adquirirlos. (Las Últimas Noticias, 29 de abril de 1936).

Una red de sucursales para difundir la cultura

 

La imagen propuesta por Juan Barros resulta especialmente valiosa, pues presenta la lectura como un bien público, comparable a los espacios comunes de la ciudad. La Biblioteca aparece así como una verdadera plaza cultural: un lugar desde el cual se distribuyen libros, conocimientos y expresiones artísticas necesarias para la formación intelectual de la población. En el mismo artículo se señalaba que la acción de la Biblioteca Nacional se extendía más allá de su edificio central, mediante una red de 38 sucursales distribuidas tanto en Santiago como en distintas provincias:

“Y así como la ciudad tiene varias plazas, plazoletas, parques y parquecitos, la Biblioteca Nacional tiene también 38 sucursales repartidas en la capital y en provincias para difundir por medio de este vehículo portentoso del libro todo lo que la ciencia, la literatura y las bellas artes crean constantemente en pro del TONEL SIN FONDO de la cultura”. (Las Últimas Noticias, 29 de abril de 1936).

La comparación refuerza la idea de que el acceso a la cultura debía extenderse territorialmente y ponerse al alcance de públicos diversos. Del mismo modo en que las plazas y los parques ofrecían espacios abiertos para el uso colectivo, las sucursales de la Biblioteca permitían ampliar la circulación del libro y acercar la lectura a quienes se encontraban alejados de la institución central. El libro era presentado, además, como un “vehículo portentoso”, capaz de transportar y difundir de manera permanente los conocimientos producidos por la ciencia, la literatura y las bellas artes.

 

 

 

 

 

Lectores, consultas y alcance del servicio en 1935

 

Sin embargo, las fuentes también permiten observar las dificultades que enfrentaba el servicio. Ese mismo año, el diario La Hora publicó antecedentes contenidos en la Memoria de la Biblioteca Nacional correspondiente a 1935. El documento daba cuenta del movimiento general de lectores y del número de obras consultadas en las distintas secciones de la institución:

“La Memoria consigna las cifras estadísticas del movimiento de lectores en el año último. Es la siguiente, por Secciones:”

Secciones

Hombres

Mujeres

Total

Núm. de consultas de obras

I. Sección Chilena (Libros y Folletos)

63.546

5.071

68.617

74.180

II. Sección Chilena (Publ. diar. y per.)

84.127

1.600

85.727

94.193

Sección Americana

16.046

1.084

17.130

20.638

Sección Fondo General

58.098

7.616

65.714

78.773

Sección Lectura a Domicilio

8.004

3.274

11.278

20.192

Salón Central de Lectura

4.823

1.237

6.060

7.198

Bibliotecas Medina y Barros Arana

5.120

1.594

6.714

7.878

Sección Infantil e Intermedia

45.751

8.554

54.305

68.962

Sala Italia

464

151

615

642

Total

285.979

30.181

316.160

368.656

(La Hora, julio de 1936).

Las cifras muestran que la Sección Lectura a Domicilio continuaba cumpliendo una función relevante dentro de la Biblioteca Nacional. Durante 1935 registró 11.278 lectores —8.004 hombres y 3.274 mujeres— y alcanzó un total de 20.192 consultas de obras. Estos antecedentes evidencian que el préstamo de libros mantenía una actividad considerable y permitía que miles de personas accedieran a las colecciones fuera del edificio institucional.

 

Entre la ampliación del acceso y las restricciones al préstamo

 

No obstante, la misma fuente advertía una disminución en el movimiento de lectores respecto de años anteriores. La Memoria atribuía este descenso principalmente a dos factores: la insuficiente renovación de las colecciones y el establecimiento de cobros y garantías para acceder al préstamo. El diagnóstico era expuesto de la siguiente manera:

“Al inquirir sobre las causas de esta disminución de lectores, se llega a la conclusión que ellas se deben a que el material bibliográfico de las Salas o Secciones afectadas, no se renueva en la medida que el público necesita y ha contribuido a ella también la contribución que desde principios de 1934 se cobra en la Sección Lectura a Domicilio fijada en cuarenta centavos por cada préstamo con garantía de depósito de dinero y cinco pesos por cada tarjeta anual para préstamos de libros con garantía de fianza”.(La Hora, julio de 1936).

Este antecedente permite comprender una de las tensiones permanentes en la historia de la Lectura o Préstamo a Domicilio: el equilibrio entre la ampliación del acceso y las restricciones impuestas por las necesidades administrativas y de resguardo de las colecciones. Cuando la Biblioteca renovaba sus fondos, ampliaba sus catálogos, extendía su presencia mediante sucursales y facilitaba el acceso a los libros, el servicio fortalecía su alcance social. Por el contrario, cuando el material bibliográfico dejaba de responder a las necesidades del público o se establecían cobros, depósitos y garantías, la participación de los lectores tendía a disminuir.

La propia Memoria reconocía esta relación. La disminución no era atribuida a una pérdida espontánea del interés por la lectura, sino a condiciones concretas que dificultaban el uso del servicio: la falta de obras nuevas y los costos asociados al préstamo. De este modo, las fuentes muestran que la expansión de la lectura pública dependía no solo de la existencia de una sección destinada a facilitar libros, sino también de la capacidad institucional para mantener colecciones actualizadas y establecer mecanismos de acceso compatibles con las posibilidades económicas de sus usuarios.

 

Una historia de circulación pública del libro

 

A 140 años de su creación, la Sección Préstamo a Domicilio puede ser entendida como una de las expresiones más concretas de la misión pública de la Biblioteca Nacional. Desde su origen bajo la dirección de Luis Montt, asociado a la apertura nocturna “en obsequio a la clase obrera”, hasta su consolidación como servicio de circulación de libros, catálogos, sucursales y estadísticas propias, su historia muestra un esfuerzo sostenido por llevar la lectura más allá de los muros institucionales. Su importancia no radica únicamente en haber prestado libros, sino en haber afirmado una idea fundamental: que la Biblioteca Nacional debía conservar el patrimonio bibliográfico del país, pero también hacerlo circular, ponerlo en manos de los lectores y contribuir, desde el libro, a la formación cultural de la ciudadanía.

Esta imagen publicada por El Diario Ilustrado permite situar a la Sección Lectura a Domicilio dentro de un período de creciente valoración pública de la Biblioteca Nacional. El artículo, titulado “La mejor biblioteca de la América Latina”, presentaba a la institución como una de las bibliotecas más importantes del continente y destacaba tanto la magnitud de sus colecciones como el intenso movimiento de lectores registrado durante el primer semestre de 1930.