Este bendito yo por Thomas Harris

Acerca de la banalidad del mal

En esta entrega,Thomas Harris, poeta y jefe del Archivo de Referencias Críticas de la Biblioteca Nacional, nos entrega un texto que surge de un sueño.

18/04/2016

Fuente: Biblioteca Nacional

Anoche, desperté sobresaltado por un sueño que parecía ser más bien banal, para el ahogo que sufrí en medio de la madrugada, el sudor de mis manos, la respiración agitada. El sueño, digo, aparentaba ser más bien banal, si se puede hablar de banalidad en los sueños, psicoanalíticamente, ya que sabemos que no se sueña con lo que se sueña, que como tan magistralmente lo expresa Freud, los sueños son el teatro de los deseos reprimidos"; pero en fin, el sueño era este: llegaba a mi trabajo en la Biblioteca Nacional y trataba de marcar mi horario de entrada con el pulgar en el ojo electrónico que me dice que yo soy yo todas las mañanas de lunes a viernes, pero el lector no marcaba ni rojo ni verde, como a veces me suele suceder porque al parecer tengo las huellas de mis pulgares -el índice también- poco marcados: tampoco la voz robótica que me saluda todas las mañanas me decía "acceso correcto" o "no marcó" la entrada: sucedía que tampoco el ojo mirón quedaba en gris, o, simplemente no reaccionaba -a su manera electrónica- sino que de él surgía una luz blanca, brillante, como la de una ampolleta de una lámpara de esas que usan en los interrogatorios ya sea en las películas de espías o en la realidad que vivimos en los regímenes dictatoriales que sufrimos en los años 80. Y mi cuerpo reaccionaba como reaccionaban los cuerpos ya sean en las películas de espionaje o en la cruenta realidad de los regímenes totalitarios: primero, ceguera temporal, después, una suerte de pasmo, parálisis, angustia, miedo y aquella crispación de los músculos que te prepara para lo que vendrá después, que bien sabemos qué es. En fon, me quedaba con todas esas sensaciones en el cuerpo e intentaba marcar nuevamente mi ingreso a la Biblioteca esta vez con el pulgar, y sucedía lo mismo: la luz incandescente, la reacción de shock corporal y a la vez mental. En el sueño miraba la posible fila que se iría armando tras mío dado que demoraba en ingresar mi entrada a la jornada de hoy viernes, fila que efectivamente existía, no recuerdo bien, serían unos cinco o seis personas, pero no lograba determinar en el sueño cuántas serían, dado que sus cabezas, y por lo tanto también sus facciones, habían sido sustituidas por la misma luminosidad de lámpara brillante, enceguecedora, de interrogatorio de película de espías o de sala de torturas. Fue ese el momento del sueño en el cual desperté sobresaltado, como dije. Como se esperaba una tormenta de abril esta madrugada, cuando en mi pieza, o más bien en mi cama junto a mí apareció el mismo brillo o fulgor del ojo eléctrico del sueño y de las cabezas de mis compañeros de trabajo, pensé que la lluvia había llegado acompañada de truenos y relámpagos y que era un relámpago el que me despertaba, cuando miraba a mi mujer a mi lado, y su rostro brillaba como el ojo electrónico o las cabezas de mis compañeros de trabajo. En este punto, en el sueño dentro del sueño -eso evidentemente era ese engañoso despertar- ya la cosa dejaba de ser tan banal. Mi mujer trataba de calmarme diciendo "tranquilo, es un mal sueño, hemos estado sujetos a mucho estrés estos días". Y se daba vuelta dándome las espaldas. Pero yo veía entre los pelos de su nuca el fulgor de su rostro de ampolleta refulgente atravesándolos. Como no podía dormir con el brillo de la cabeza de mi mujer me levante, sí con mucha dificultad, como sucede con esos sueños cuando quieres despertar y no lo logras. Tras múltiples esfuerzos musculares caía, en el sueño, al piso de la pieza, pero no me hacía daño, porque el cubre piso de la habitación es lo suficientemente mullido para amortiguar el golpe. Fui a la cocina y tomé agua filtrada y después salí al balcón a fumar un cigarrillo, mientras no sabía si eran los faroles del condominio o los guardias esas luces brillantes que se movían deambulando entre los jardines. Cuando viajaba en la línea uno desde nuestro departamento hacia la Biblioteca Nacional, los rostros de los otros pasajeros, sin rasgos, brillantes como ampolletas de película de espías o sala de interrogatorio ya no me inquietaba tanto. Y menos a esta hora, cuando escribo este texto, y trato de adivinar los rasgos de mis compañeros de trabajo, cuando hablamos de asuntos de trabajo o del clima que ha sido como el "leit motiv" de estos últimos días, y sus voces suenas igual que siempre y sus cuerpos no han sufrido ninguna mutación extraña. Sólo sus rostros, brillantes como ampolletas de película de espías o de sala de tortura. Use el término "banal" cuando comencé, aún no sé si aún en sueños, a transcribir este mismo sueño que transcribo pensando que de un momento a otro despertaré. Pienso en el sentido que le otorga Anna Haredt cuando a propósito del juicio de Eichmann en Jerusalén acuña su famoso "dictum" de la banalidad del Mal, que no se comprende bien del todo, o, por mala voluntad o simplemente "mala sangre" epistemológica, se le ha distorsionado de múltiples maneras. Este sueño que me sigue atormentando y del cual no logro despertar aun, ahora que lo escribo en un profundo sueño ya a las 4 de la tarde, algo creo que me quiere decir de ese Mal al que se podría calificar como banal, pero no logro saber qué. Ahora voy al baño, y cuando mire por primera vez en el sueño que se sigue prolongando, mientras el cielo se oscurece cada vez más amenazante, y me mire la cara al espejo, tal vez sepa, finalmente, cuál es el setido subyacente del sueño y su relación con la banalidad del Mal.

Recursos adicionales

Materias: Literatura
Palabras clave: Thomas Harris
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