Este bendito yo por Thomas Harris

No necesariamente en busca del tiempo perdido

Thomas Harris

Como lo haremos todos los viernes, hoy publicamos una nueva columna de Thomas Harris, poeta y jefe del Archivo de Referencias Críticas de la Biblioteca Nacional. En esta oportunidad, el autor nos habla de lecturas que cambiaron su modo de leer la vida y de leer el texto.

07/08/2015

Fuente: Biblioteca Nacional

¿Qué te pasa cuándo recuperas un libro, un libro que te marcó no la vida, sino la lectura, que son dos cosas similares, pero distintas? Quiero decir, un libro, que una tarde, semana a semana, padeciste, gozaste, te llevó a otros horizontes impensados, dónde jamás imaginarías que te llevaría un libro. Insisto: un libro que te hizo gozar, sentir ese placer del texto del que habla Barthes, que te hizo ser Otro, y, a la vez, te hizo escribir distinto. Esa maravilla no se da muchas veces en tu vida. Un libro que te cambia la vida, tu modo de ver del mundo, tu manera de percibir las cosas: estos, para mí, por ejemplo, fueron "El lobo estepario" de Herman Hesse, y su "tractatus"; "La condición humana" de André Malraux, donde comprendí, o aprendí, que el amor no basta, que una compañera tampoco, que hay que saber que una mujer no es tu única pareja ni lo será, porque para ella tú tampoco lo eres ni lo serás, y sobre todo en los tiempos difíciles, en las revoluciones, en las dictaduras, en las guerras .Y que hay que aprender cuál es tu droga, porque si te equivocas de droga te vas a privar para siempre de los paraísos artificiales que te estaban predestinados. Que tu voz, oída en un gramófono te parecerá la de otro, dado que nuestra voz la escuchamos siempre por la garganta y no por los oídos, que es por donde escuchamos la voz en una grabación, mas también distorsionada por el aparato mecánico -o digital, en estos tiempos. O en "Rayuela", que hay una Maga y su doble en el lado de allá y en el de acá y que si bien son las mismas, también son otras. Que París no es lo mismo que Buenos Aires y que para llegar a la Maga, que para llegar a Talita no bastan los Chapms Elises ni un tablón que cruzar haciendo equilibrios en un hospital de enajenados. ¿Qué el amor es uno y dos, uno distinto al otro, y que aunque ambas mujeres sean la misma son otra, las dobles similarmente contrapuestas? Esos son los libros que marcan tu vida mas no tu lectura: recuerdo una tarde tirado en un sofá leyendo "La bruja" de Jules Michelet, el año 1984, en Concepción, y me marcó mi modo de leer: gocé de ese libro y padecí el horror de la inquisición, y la descripción genial que Michelet hace de la maldad, dramáticamente, que coincidía de una manera brutal y sincrónica, con la dictadura que estábamos viviendo: o leer la dictadura que estábamos viviendo narrada por un historiador romántico del siglo XIX, metafóricamente, como si fuera "ahora"; o "El infierno tan temido" de Onetti, que me hizo saber que el infierno siempre está a la vuelta de la esquina, aguardando al menor descuido o al menor regreso, en un repliegue de la página, porque también el infierno puede ser el paso, el retorno de tu pasado cuando no se ha quedado en paz o cuando la historia que lo constituyó no cerró su relato y quedó un espacio indeterminado en el otro. Y "El erotismo", de Bataille, para comprender y sentir sus olas y sus vaivenes en tu cuerpo y en tu mente y en la "Historia del ojo", todo el tánatos del amor; y el azar objetivo de Nadja, de Brerton, cuando esa mujer en el centro de la lectura te hace ser otro que no imaginabas, en las calles impensadas, donde te reflejarías en ese cuerpo, el cuerpo de la locura, del amor fou, y también del amour fou de Aurelia de Nerval, entre el sueño y la locura, para concluir que lo único real es el sueño y la locura, la otra forma de sabiduría. Y ¿cómo liberarse de esos amores convulsivos? O las cuatro jornadas en Alejandría de "El cuarterto de Alejandría", que leí en un verano, agradeciéndole a Lawrence Durrel, por todo un verano donde habité un mundo paralelo, con Sherezadah incluida, que me cambió también mi modo de escuchar las historias. Como me cambió mi modo de leer y reír el Quijote y ese drama solar de Camus, "El extranjero", sin saber cuál es tu lugar en el mundo, cómo se siente el dolor, cómo te miran los otros -el infierno- cuándo no aparentas el dolor que deberías sentir. Estas y otras lecturas cambiaron mi modo de leer la vida y de leer el texto, como la cambió "El proceso" de Kafka, o "El castillo", que me hizo sufrir la lectura, o la lectura como una pasión, la lectura como una lección de miedo, que me enseñó que la lectura era una forma también de padecimiento, dentro del goce: pero tiene que ser antes de los 20 años, porque después hay algunas como el "Antiedipo" que sí son puro padecimiento, si al final te la tomas demasiado en serio aunque la lees cuando ya el hemisferio de tu mente que goza y también tiembla con las lecturas, ya no tiene espacio para demasiados saberes de punta. Lo que te pincha de un libro, posteriormente, el "punctum", llega muy de tarde y casi por milagro: con J.M. Cotezee puede pasarte, con Cormac McCarthy. En las tardes o en las noches donde hay que ir en busca del tiempo perdido, para llegar al tiempo reencontrado, mejor releer "Los poemas humanos" de Vallejo, que te enseñaron a ser humano, a sufrir, de la misma manera que el músico Méndez, que solfeaba en su clarinete cuando se dormían las gallinas del pueblo y los 9 monstruos que nos acechan todos día a día y el parado en una piedra, desocupado, espeluznante, a la orilla del Sena o del Mapocho, que no se movería jamás de estar parado en una piedra, de estar parado en una piedra, en una piedra. Parado en una piedra, niño, pobre, con un fósforo quemado el bolsillo del abrigo, sin saber qué era estar realmente parado en una piedra, en una casa de tres patios, en los tres patios de una casa, y el vacío, el vacío, que después sería hambre y conciencia del Ser.

Thomas Harris

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